ENTRE FRONTERAS (2º Premio I Concurso de Relatos Cortos Lésbicos)




ENTRE FRONTERAS

Acabábamos de entrar y ya me sudaban las manos. No recordaba un día tan importante como aquel 4 de agosto de 1933. Bueno sí, el 4 de agosto de 1931, día que coincidimos en la taberna de enfrente y se acercó para preguntarme que opinión tenía yo acerca de los homosexuales. En aquel momento no me pareció una pregunta muy acertada, mis compañeros de partido no pusieron buena cara, y yo tuve que mentir. En realidad, no tenía nada en contra, a mí no me habían hecho nada, yo estaba felizmente casada y tenía tres hijos, pero la mentalidad del Partido Comunista Español de la época era otra. Me guiñó un ojo, dio media vuelta y se fue.
Aquella pregunta me hizo reflexionar durante mucho tiempo. Cada vez que veía a aquella mujer, después de aquel encuentro, se me revolvía el estómago.
Me senté en mi asiento del Parlamento y esperé a que comenzase la sesión. Fabiola todavía no había llegado, pero estaba segura de que no tardaría. Cinco minutos después de mi llegada apareció. Iba elegantemente vestida. A mi parecer, era la mujer más guapa de todo el Parlamento, y la más guapa que había visto jamás. Al verla no pude evitar recordar todos los momentos que, desde aquella pregunta, habíamos pasado en compañía la una de la otra. La gran mayoría eran encuentros furtivos en un hostal de las afueras. Con la excusa de acudir a reuniones políticas de nuestros partidos, habíamos logrado mantener en secreto nuestra relación, pero yo tenía mucho miedo por si todo se descubría, pues no sabía que consecuencias podría tener aquello.
Al finalizar la sesión quedó aprobada la nueva Ley de Vagos y Maleantes. Aquella ley no perjudicaba del todo a los homosexuales, pues existía un Código Penal que se encargaba de juzgarlos, pero tampoco les beneficiaba en nada.
Salimos del Parlamento y se acercó a mí. Con disimulo me entregó un papel doblado. Cuando lo abrí, vi escrito el nombre de nuestro hostal y una hora, las ocho de la tarde.
Llegué a casa, pasé un rato con mis hijos, me preparé y, con la excusa de una reunión para hablar sobre la nueva ley con mis compañeros del partido, fui al encuentro de Fabiola.
Hacía dos años que nos conocíamos, dos años de aquella pregunta, y Fabiola había preparado un encuentro especial. No esperaba encontrarme nada en aquella habitación que no fuese ella, en cambio me sorprendió. Champán, dos copas y un ambiente íntimo. Creía que quería hablar conmigo sobre lo acontecido en la sesión, pero la invitación al hostal tenía otro fin.
Nada más abrir la puerta se acercó a mí y me tendió una copa de champán. Me susurró al oído las ganas irrefrenables que tenía de verme desnuda sobre la cama. Me confesó que no había podido dejar de pensar en mi durante todo el día. En ese momento pasaron por mi cabeza todos los encuentros que habíamos tenido en aquella habitación, la misma de siempre. Dejé mi copa de champán sobre la mesa y la besé. De aquella forma sensual y sexy que tanto le gustaba. De repente sentí como sus manos resbalaban por mi espalda. Me subió la falda y las metió por debajo. Como me gustaba sentir su calor. Nos tumbamos en la cama, me desnudó y nos dejamos llevar por la pasión. Sus hábiles dedos se introdujeron dentro de mí y no pude reprimir un gemido. Me besó para callarme, pero era tanto el placer que me proporcionaba que era imposible. La desnudé y me puse sobre ella, me gustaba verla desde aquella perspectiva, era preciosa. Estaba dispuesta a que sintiese el mismo placer que me causaba a mí. Recorrí su cuerpo desnudo con mi boca y me metí entre sus piernas. Aquel era el mejor sabor que jamás había probado. Envueltas en una nube de lujuria llegamos al clímax. No contentas con aquel momento, otros similares se sucedieron durante horas, hasta que, llegadas las once de la noche, tuvimos que abandonar la habitación. Nos despedimos en la puerta del hostal para volver a encontrarnos al cabo de unos días.
Muchos otros encuentros se sucedieron desde aquel cuatro de agosto hasta que estalló la Guerra Civil el 17 de julio de 1936. Y muchas eran las sospechas que mi partido tenía de mí. Se hablaba de mi posible homosexualidad y de una posible relación con otra mujer del bando contrario. Por supuesto, yo lo negaba todo, pero un día no pudimos evitar ser descubiertas.
Habíamos quedado en nuestro hostal, como siempre, pero esta vez no fui sola. Cuando salimos, unos compañeros del partido se acercaron a nosotras, lo sabían todo, habían hablado con el dueño del hostal, nos habían estado siguiendo durante meses y ya no podía seguir negando lo evidente. Si lo sabían ellos, lo sabían todos.
El 1 de abril de 1939 terminó la guerra con el alzamiento de Franco como “Generalísimo” y el Partido Comunista Español no dudó en delatarme y expulsarme de la militancia.
Unos meses más tarde, después de huir con Fabiola a Valencia, me arrestaron mientras iba a comprar. Fabiola, que me esperaba a unos metros de la tienda de nuestro barrio, vio todo lo que estaba sucediendo, y tras mirarnos a los ojos y entender que quería que huyese, lo hizo. Consiguió llegar a la frontera con Francia y vivir en el exilio.
Me llevaron a un campo de concentración sito en Miranda de Ebro.
Una tarde, meses después, estando en mi celda, se acercó a mi uno de los vigilantes y me entregó una carta, la cual, según me dijo, tenía que leer sin ser descubierta. Era de Fabiola.
Querida Julia.
Si recibes esta carta es porque mis súplicas han sido escuchadas. No puedo dejar de pensar en el día de tu arresto. Ese día morí en vida. No haber podido hacer nada me mata, y esa mirada tuya suplicante… nunca podré perdonarme haberte dejado.
Todavía puedo olerte, escucharte, verte… no hay día que no piense en ti, me haces tanta falta…
Ojalá estés bien, no deseo nada más. Bueno sí, deseo tenerte aquí, conmigo, y empezar la vida de cero, sin persecuciones, sin problemas, solo tú y yo, pero me temo que ese deseo no va a cumplirse.
¿Recuerdas aquel día en la taberna? Fue el mejor día de mi vida. Conocerte fue lo mejor que podría haberme pasado y hoy… Hoy sólo quiero volver al pasado, acercarme a ti de nuevo y volver a hacerte la misma pregunta. Que felices éramos.
Espero respuesta a esta carta, eso significará que estás bien. Habla con el vigilante que te ha entregado la mía, él me hará llegar tu respuesta.
Siempre tuya.
Fabiola”.
No pude evitar llorar al leer sus palabras, la echaba tanto de menos, me hacía tanta falta, que felices hubiésemos sido.
Al cabo de unas semanas el vigilante pasó por mi celda, junto con la carta me había hecho llegar una hoja en blanco y un lapicero, por lo que, cuando encontré las fuerzas suficientes, escribí mi contestación y se la entregué para que se la hiciese llegar a Fabiola.
“Querida Fabiola.
Esto es un calvario, he enfermado y no hacen nada por mí, no sé cuánto tiempo podré aguantar en este estado.
Te echo mucho de menos, tampoco pasa un día en el que no te recuerde, tu sonrisa, tu mirada, tus manos en mi cuerpo… Sólo deseo tenerte a mi lado.
Respecto a aquel día… no puedo olvidarlo, conocerte también fue lo mejor que me ha pasado en la vida, pude conocer el amor verdadero y sin ti no hubiese sido posible. Gracias amor mío por hacerme feliz todo el tiempo que pasé a tu lado.
No te culpes por lo que pasó, era lo que tenías que hacer, no podría soportar verte aquí encerrada conmigo, al menos tú eres libre y puedes continuar tu vida. Lucha por nosotras, lucha por todas las personas que tienen que esconderse, lucha por nuestros derechos, pues somos personas como cualquier otra.
No sé si tu respuesta llegará a tiempo, de no ser así, quiero que sepas que te quiero, no me olvides nunca, pues esté donde esté, yo nunca lo haré.
Siempre tuya.
Julia”.
Al poco tiempo de enviar esta carta a Fabiola, fallecí a causa de una pulmonía. Su contestación, aunque la escribió y la mandó, no llegó a tiempo. Pero sé de buena mano que no me olvida, que me lleva en sus pensamientos. Y aunque ha conseguido rehacer su vida siempre guardará un hueco para mí dentro de su corazón.

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